Es necesario que quienes aspiran a la reforma de las costumbres de los hombres busquen especialmente, y ante todo, la gloria de Dios y de Él, del cual procede todo bien, esperen y a la vez confíen la ayuda para una tarea tan ventajosa y difícil. Se presenten a la mirada de aquellos a quienes desean reformar como espejos de toda virtud y como lámparas colocadas sobre el candelabro. Resplandezcan ante todos los que se encuentran en la casa de Dios por la integridad de la vida y la excelencia de las costumbres. Así, más que forzar, atraerán dulcemente a la reforma, porque, según las enseñanzas del Concilio de Trento, no se puede exigir al cuerpo lo que no se encuentra ya en la cabeza. Hacerlo de otra manera significa desordenar el justo procedimiento y el orden de toda la familia del Señor.
Quien quiere operar una seria reforma religiosa y moral debe hacer ante todo, como un buen médico, un atento diagnóstico de los males que afligen a la Iglesia para poder así estar en capacidad de prescribir para cada uno de ellos el remedio más apropiado.
La renovación de la Iglesia debe verificarse igualmente en los primeros y en los últimos, en los jefes y en los subordinados, en lo alto y en lo bajo. Debe comenzar por quien manda y extenderse a los súbditos.
Debería ser que cardenales, patriarcas, arzobispos, obispos y párrocos, a quienes está encomendada directamente la cura de las almas, fueran tales que dieran la mejor garantía para el gobierno del rebaño del Señor. Pero descendamos también de los primeros a los últimos, es decir, de los grandes a los pequeños, porque estos no deben ser descuidados por quien se preocupa por elevar el nivel de la vida cristiana. Es muy justo que no se deje nada por intentar para que los niños, desde los primeros años, sean educados en la pureza de la fe cristiana y en las santas costumbres. Nada es más urgente e indispensable que la enseñanza de la doctrina cristiana. La instrucción de los niños debe ser confiada solo a personas buenas y temerosas de Dios.
Este, beatísimo Padre, es lo que al presente el Señor me ha sugerido sobre un problema de tanta importancia. Se trata, ciertamente, de cosas no fáciles, pero si se comparan con lo que está en juego, ningún esfuerzo será considerado excesivo. Grandes metas, de otro lado, se alcanzan con medios grandes y, por otra parte, grandes empresas se adecuan a almas grandes.
De las «Cartas al papa Pablo V» de San Juan Leonardi, sacerdote
Quien quiere operar una seria reforma religiosa y moral debe hacer ante todo, como un buen médico, un atento diagnóstico de los males que afligen a la Iglesia para poder así estar en capacidad de prescribir para cada uno de ellos el remedio más apropiado.
La renovación de la Iglesia debe verificarse igualmente en los primeros y en los últimos, en los jefes y en los subordinados, en lo alto y en lo bajo. Debe comenzar por quien manda y extenderse a los súbditos.
Debería ser que cardenales, patriarcas, arzobispos, obispos y párrocos, a quienes está encomendada directamente la cura de las almas, fueran tales que dieran la mejor garantía para el gobierno del rebaño del Señor. Pero descendamos también de los primeros a los últimos, es decir, de los grandes a los pequeños, porque estos no deben ser descuidados por quien se preocupa por elevar el nivel de la vida cristiana. Es muy justo que no se deje nada por intentar para que los niños, desde los primeros años, sean educados en la pureza de la fe cristiana y en las santas costumbres. Nada es más urgente e indispensable que la enseñanza de la doctrina cristiana. La instrucción de los niños debe ser confiada solo a personas buenas y temerosas de Dios.
Este, beatísimo Padre, es lo que al presente el Señor me ha sugerido sobre un problema de tanta importancia. Se trata, ciertamente, de cosas no fáciles, pero si se comparan con lo que está en juego, ningún esfuerzo será considerado excesivo. Grandes metas, de otro lado, se alcanzan con medios grandes y, por otra parte, grandes empresas se adecuan a almas grandes.
De las «Cartas al papa Pablo V» de San Juan Leonardi, sacerdote