Que la meditación de la sabiduría esté siempre en nuestro corazón y en nuestra boca, y que nuestra lengua exprese la justicia. Que la ley de nuestro Dios esté en nuestro corazón (cf. Sal 36, 30). Por eso la Escritura nos dice: «Hablarás de estas cosas cuando estés sentado en tu casa, cuando camines por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes» (Dt 6, 7). Hablemos, pues, del Señor Jesús, porque él es la Sabiduría, él es la Palabra, es la Palabra de Dios. En efecto, también está escrito esto: Abre tu boca a la palabra de Dios.
Quien hace eco de sus discursos y medita sus palabras las difunde. Hablemos siempre de él. Cuando hablamos de la sabiduría, es él de quien hablamos, así como cuando hablamos de la virtud, cuando hablamos de la justicia, cuando hablamos de la paz, cuando hablamos de la verdad, de la vida, de la redención, es de él de quien hablamos.
Abre tu boca a la palabra de Dios, está escrito. Tú la abres, él habla. Por eso David dijo: Escucharé lo que dice en mí el Señor (cf. Sal 84, 9) y el mismo Hijo de Dios dice: «Abre tu boca, quiero llenarla» (Sal 80, 11). Pero no todos pueden recibir la perfección de la sabiduría como Salomón y como Daniel. A todos, sin embargo, se les infunde el espíritu de sabiduría según la capacidad de cada uno, para que todos tengan la fe. Si crees, tienes el espíritu de sabiduría.
Por eso medita siempre, habla siempre de las cosas de Dios, «cuando estés sentado en tu casa» (Dt 6, 7). Por casa podemos entender la iglesia, podemos entender nuestro interior, para hablar dentro de nosotros mismos. Habla con sabiduría para huir del pecado y para no caer por hablar demasiado. Cuando estés sentado habla contigo mismo, casi como si te tuvieras que juzgar. Habla en la calle, para no estar nunca ocioso. Tú hablas en la calle si hablas según Cristo, porque Cristo es el camino. En el camino habla contigo mismo, habla a Cristo. Escucha cómo debes hablarle: «Quiero, dice, que los hombres oren en todas partes, levantando al cielo manos puras, sin ira y sin contiendas» (1 Tm 2, 8). Habla, oh hombre, cuando te acuestas para que no te sorprenda el sueño de la muerte. Escucha cómo podrás hablar a punto de dormirte: «No daré sueño a mis ojos ni reposo a mis párpados, hasta que no encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Poderoso de Jacob» (Sal 131, 4-5).
Cuando te levantes, háblale para cumplir lo que te ha sido mandado. Escucha cómo Cristo te despierta. Tu alma dice: «¡Un ruido! ¡Es mi amado que llama» (Ct 5, 2) y Cristo dice: «Ábreme, hermana mía, mi amiga» (Ibid.). Escucha cómo debes despertar a Cristo. El alma dice: «Os conjuro, hijas de Jerusalén, despertad, reanimad el amor» (Ct 3, 5). El amor es Cristo.
Del «Comentario sobre los salmos» de san Ambrosio, obispo
Quien hace eco de sus discursos y medita sus palabras las difunde. Hablemos siempre de él. Cuando hablamos de la sabiduría, es él de quien hablamos, así como cuando hablamos de la virtud, cuando hablamos de la justicia, cuando hablamos de la paz, cuando hablamos de la verdad, de la vida, de la redención, es de él de quien hablamos.
Abre tu boca a la palabra de Dios, está escrito. Tú la abres, él habla. Por eso David dijo: Escucharé lo que dice en mí el Señor (cf. Sal 84, 9) y el mismo Hijo de Dios dice: «Abre tu boca, quiero llenarla» (Sal 80, 11). Pero no todos pueden recibir la perfección de la sabiduría como Salomón y como Daniel. A todos, sin embargo, se les infunde el espíritu de sabiduría según la capacidad de cada uno, para que todos tengan la fe. Si crees, tienes el espíritu de sabiduría.
Por eso medita siempre, habla siempre de las cosas de Dios, «cuando estés sentado en tu casa» (Dt 6, 7). Por casa podemos entender la iglesia, podemos entender nuestro interior, para hablar dentro de nosotros mismos. Habla con sabiduría para huir del pecado y para no caer por hablar demasiado. Cuando estés sentado habla contigo mismo, casi como si te tuvieras que juzgar. Habla en la calle, para no estar nunca ocioso. Tú hablas en la calle si hablas según Cristo, porque Cristo es el camino. En el camino habla contigo mismo, habla a Cristo. Escucha cómo debes hablarle: «Quiero, dice, que los hombres oren en todas partes, levantando al cielo manos puras, sin ira y sin contiendas» (1 Tm 2, 8). Habla, oh hombre, cuando te acuestas para que no te sorprenda el sueño de la muerte. Escucha cómo podrás hablar a punto de dormirte: «No daré sueño a mis ojos ni reposo a mis párpados, hasta que no encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Poderoso de Jacob» (Sal 131, 4-5).
Cuando te levantes, háblale para cumplir lo que te ha sido mandado. Escucha cómo Cristo te despierta. Tu alma dice: «¡Un ruido! ¡Es mi amado que llama» (Ct 5, 2) y Cristo dice: «Ábreme, hermana mía, mi amiga» (Ibid.). Escucha cómo debes despertar a Cristo. El alma dice: «Os conjuro, hijas de Jerusalén, despertad, reanimad el amor» (Ct 3, 5). El amor es Cristo.
Del «Comentario sobre los salmos» de san Ambrosio, obispo