Durante dos días consecutivos he sentido en mí un gran deseo del martirio y un vivo anhelo de soportar todos los tormentos que los mártires han sufrido. Mi Dios y mi Salvador Jesús, ¿qué podré yo darte a cambio de todos los bienes con los que me has prevenido? Tomaré de tu mano el cáliz de tus sufrimientos e invocaré tu nombre (cf. Sal 115, 13). Ante la presencia de tu eterno Padre, y del Espíritu Santo, ante la presencia de tu santísima Madre y de su castísimo esposo, delante de los ángeles, de los apóstoles y de los mártires, de mis venerados padres san Ignacio y san Francisco Javier, hago voto, sí, mi Salvador Jesús, hago voto de no sustraerme nunca, en lo que de mí dependa, a la gracia del martirio, si, por tu infinita misericordia, quisieras un día presentármela a mí, tu indigno siervo.
Tal es mi compromiso que, por todo el resto de mi vida, quiero que no me sea más dado ni permitido huir de las ocasiones de morir y de derramar mi sangre por ti, a menos que en algún momento juzgara más conveniente a tu gloria comportarme de otra manera. Y cuando haya recibido el golpe mortal, me obligo a aceptarlo de tu mano con todo el deseo y la alegría de mi corazón. Y por eso, oh mi amable Jesús, yo te ofrezco desde este momento, con los sentimientos de alegría que experimento, mi sangre, mi cuerpo y mi vida, para que yo no muera sino por ti, si me concederás esta gracia, ya que tú te has dignado de morir por mí. Haz que yo viva de tal manera que tú me concedas este favor de morir tan felizmente. Así, mi Dios y mi Salvador, tomaré de tu mano el cáliz de tus sufrimientos e invocaré tu nombre: Jesús, Jesús, Jesús.
Oh mi Dios, ¡cuánto me duele que tú no seas conocido y que entre estos pueblos bárbaros sean tan pocos los que han abrazado tu fe! El pecado aún no ha desaparecido y tú no eres amado. Sí, mi Dios, si todos los tormentos que los prisioneros pueden soportar en estos países, con la crueldad de los suplicios, cayeran sobre mí, estoy dispuesto de todo corazón a soportarlos y a sufrirlos todos incluso solo.
De las «Notas espirituales» de San Juan de Brébeuf, sacerdote y mártir
Tal es mi compromiso que, por todo el resto de mi vida, quiero que no me sea más dado ni permitido huir de las ocasiones de morir y de derramar mi sangre por ti, a menos que en algún momento juzgara más conveniente a tu gloria comportarme de otra manera. Y cuando haya recibido el golpe mortal, me obligo a aceptarlo de tu mano con todo el deseo y la alegría de mi corazón. Y por eso, oh mi amable Jesús, yo te ofrezco desde este momento, con los sentimientos de alegría que experimento, mi sangre, mi cuerpo y mi vida, para que yo no muera sino por ti, si me concederás esta gracia, ya que tú te has dignado de morir por mí. Haz que yo viva de tal manera que tú me concedas este favor de morir tan felizmente. Así, mi Dios y mi Salvador, tomaré de tu mano el cáliz de tus sufrimientos e invocaré tu nombre: Jesús, Jesús, Jesús.
Oh mi Dios, ¡cuánto me duele que tú no seas conocido y que entre estos pueblos bárbaros sean tan pocos los que han abrazado tu fe! El pecado aún no ha desaparecido y tú no eres amado. Sí, mi Dios, si todos los tormentos que los prisioneros pueden soportar en estos países, con la crueldad de los suplicios, cayeran sobre mí, estoy dispuesto de todo corazón a soportarlos y a sufrirlos todos incluso solo.
De las «Notas espirituales» de San Juan de Brébeuf, sacerdote y mártir