Cuando Nuestro Señor Jesucristo predicaba el Evangelio del Reino y sanaba en Galilea las más diversas enfermedades, la fama de sus milagros se había extendido por toda Siria, y muchas personas acudían en multitud al médico celestial desde toda Judea. Puesto que la ignorancia humana es muy lenta para creer lo que no ve y para esperar lo que no conoce, era necesario que aquellos que debían ser confirmados con la doctrina divina fueran estimulados con beneficios materiales y con prodigios visibles. Así, experimentando la potencia beneficiosa del Señor, no habrían de dudar de su doctrina portadora de salvación.
El Señor, pues, quiso cambiar las curaciones exteriores en remedios interiores y, después de sanar los cuerpos, sanar las almas. Por eso se alejó de la multitud que lo rodeaba, y se fue a un lugar solitario de un monte cercano. Allí llamó a sí a los apóstoles, para instruirlos con doctrinas más elevadas desde lo alto de aquella mística cátedra. Con la elección de un lugar y de un ministerio tales quiso significar que había sido él mismo quien se dignó en otro tiempo de dirigir su palabra a Moisés. Pero allí había hablado con una justicia más bien temible, aquí en cambio con su divina clemencia, para que se cumpliera lo que había sido prometido por boca del profeta Jeremías: «He aquí, vendrán días —dice el Señor— en los cuales con la casa de Israel y con la casa de Judá concluiré una alianza nueva. Después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mi ley en su interior, la escribiré en su corazón» (Jer 31, 31. 33; cf. Heb 8, 8).
Aquel, pues, que había hablado a Moisés, habló también a los apóstoles y la mano veloz del Verbo, que escribía en los corazones de los discípulos, promulgaba los decretos del Nuevo Testamento. No estaba rodeado, como entonces, de densas nubes, ni de truenos y relámpagos terribles, que mantenían alejado del monte al pueblo. Ahora se entretenía con los presentes en un diálogo tranquilo y afable.
Hizo esto para que la dulzura de la gracia removiera la severidad de la ley y el espíritu de adopción eliminara el terror de la esclavitud.
Cual sea la enseñanza de Cristo lo manifiestan sus palabras. Aquellos que desean llegar a la bienaventuranza eterna, reconocerán por los dichos del Maestro cuáles son los peldaños a recorrer para subir a la suprema felicidad.
Cristo dice: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3). Podría quizás considerarse incierto cuáles son los pobres, a los cuales se refiere la Verdad si, diciendo pobres, no hubiera añadido nada más para hacer entender el género de pobres de los que habla. Se habría entonces podido pensar ser suficiente para el logro del reino de los cielos aquella indigencia, que muchos padecen con opresiva y dura ineludibilidad. Pero cuando dice: «Bienaventurados los pobres en espíritu», muestra que el reino de los cielos ha de ser asignado más bien a cuantos tienen la recomendación de la humildad interior, antes que la simple carencia de bienes exteriores.
San León Magno, papa