«Si permanecéis en mí, dice, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y os será dado» (Jn 15,7). ¿Qué pueden querer los que permanecen en Cristo, sino aquello que es conforme a Cristo? ¿Qué pueden querer, permaneciendo en el Salvador, sino aquello que no es contrario a la salvación? Una cosa, en efecto, queremos en cuanto estamos en Cristo, y otra cosa queremos en cuanto estamos aún en este mundo. Por el hecho de que habitamos en este mundo, a veces casi sin darnos cuenta pedimos aquello que no aprovecha a nuestra salvación. Pero esto no nos sucederá si permanecemos en Cristo, el cual no nos concede, cuando oramos, sino aquello que aprovecha a nuestro verdadero bien.
Permaneciendo, pues, en él y permaneciendo en nosotros sus palabras, pidamos lo que queremos y nos será dado. Si pedimos y no obtenemos, significa que nuestra petición no es conforme a la permanencia en él, ni a sus palabras que permanecen en nosotros, sino que es sugerida por la concupiscencia y la debilidad de la carne, la cual no está ciertamente en él, y en la cual no permanecen sus palabras. Ciertamente forma parte de sus palabras aquella oración que él nos ha enseñado y que comienza: «Padre nuestro, que estás en los cielos» (Mt 6,9). No nos apartemos, en nuestras peticiones, de las palabras y de los contenidos de esta oración, y cualquier cosa que pidamos nos será concedida.
Sus palabras permanecen en nosotros cuando hacemos lo que nos ha ordenado y amamos lo que nos ha prometido; cuando en cambio sus palabras permanecen en la memoria, pero no pasan a la vida, entonces la rama no forma ya parte de la vid (cf. Jn 15,4), porque no bebe vida de la raíz. A esta diferencia se refieren las palabras de la Escritura: «Conservan en la memoria sus preceptos para observarlos» (Sal 102,18). Muchos, en efecto, los conservan en la memoria para despreciarlos, o también para burlarse de ellos y para combatirlos. Las palabras de Cristo no habitan en aquellos que las tienen en la boca, pero no en el corazón. Ellas, por lo tanto, no les serán de ningún beneficio, sino de acusación. Y puesto que aquellas palabras están en ellos, pero no permanecen en ellos, las poseen solamente para ser juzgados en base a ellas (cf. Jn 12,48).

De los «Tratados sobre el Evangelio de Juan» de san Agustín, obispo