¿Quién podrá conocer jamás todos los tesoros de sabiduría y de ciencia que Cristo encierra en sí, ocultos en la pobreza de su carne? «Porque por nosotros, siendo rico, se hizo pobre, para que nos hiciésemos ricos con su pobreza» (cf. 2 Cor 8, 9). Asumiendo la mortalidad del hombre y padeciendo en su persona la muerte, se nos mostró en la pobreza de la condición humana: no perdió, sin embargo, sus riquezas como si le hubieran sido arrebatadas, sino que prometió su revelación en el futuro. ¡Qué inmensa riqueza reserva a quien le teme y da plenamente a quienes esperan en él!

Nuestros conocimientos son ahora imperfectos e incompletos, hasta que venga lo perfecto y lo completo. Pero precisamente para hacernos capaces de esto, él, que es igual al Padre en la forma de Dios y semejante a nosotros en la forma de siervo, nos transforma a la semejanza de Dios. Habiéndose hecho hijo del hombre, él, único Hijo de Dios, hace hijos de Dios a muchos hijos de los hombres. Después de haber alimentado a nosotros, siervos, a través de la forma visible de siervo, nos hace libres, aptos para contemplar la forma de Dios.

En efecto, «somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos como es» (1 Jn 3, 2). Pero ¿qué son esos tesoros de sabiduría y de ciencia, qué son esas riquezas divinas, si no la gran realidad capaz de llenarnos plenamente? ¿Qué es esa abundancia de dulzura, si no aquello que es capaz de saciarnos?
Por tanto: «Muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14, 8). Y en un salmo una voz, que nos interpreta o habla por nosotros, dice dirigiéndose a él: «Seré saciado al aparecer tu gloria» (cf. Sal 16, 15). Él y el Padre son una sola cosa, y quien le ve a él ve también al Padre. «El Señor de los ejércitos es el Rey de la gloria» (Sal 23, 10). Haciéndonos volverse hacia él, nos mostrará su rostro y seremos salvos; entonces seremos saciados y nos bastará.

Mientras tanto, hasta que esto no suceda y no nos sea mostrado aquello que nos satisfará, hasta que no bebamos de aquella fuente de vida que nos saciará, mientras caminamos en la fe, peregrinos lejos de él, y tenemos hambre y sed de justicia y anhelamos con inefable deseo la belleza de Cristo que se revelará en la forma de Dios, celebramos con devoción la Natividad de Cristo, nacido en la forma de siervo.

Si no podemos aún contemplarlo porque fue engendrado por el Padre antes del alba, celebremos que en la noche nació de la Virgen. Si aún no lo comprendemos, porque su nombre permanece delante del sol (cf. Sal 71, 17), reconozcamos su tabernáculo puesto en el sol. Si aún no vemos al Unigénito que permanece en el Padre, recordemos «al esposo que sale de la cámara nupcial» (cf. Sal 18, 6). Si aún no estamos preparados para el banquete de nuestro Padre, reconozcamos el pesebre de nuestro Señor Jesucristo.

Santo Agustín, obispo