El Padre altísimo hizo anunciar por su arcángel Gabriel a la santa y gloriosa Virgen María que el Verbo del Padre, tan digno, tan santo y tan glorioso, descendería del cielo, y de su seno recibiría la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad. Él, siendo sumamente rico, quiso, sin embargo, elegir para sí y para su santísima Madre la pobreza.
Al aproximarse su pasión, celebró la Pascua con sus discípulos. Luego oró al Padre diciendo: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa» (Mt 26, 39).
Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad del Padre. Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, dado a nosotros y nacido por nosotros, se ofreciera a sí mismo en su propia sangre como sacrificio y víctima en el altar de la cruz. No se ofreció por sí mismo, pues no lo necesitaba él, que había creado todas las cosas. Se ofreció, en cambio, por nuestros pecados, dejándonos el ejemplo para que siguiéramos sus huellas (cf. 1 Pt 2, 21). Y el Padre quiere que todos nos salvemos por medio de él y lo recibamos con corazón puro y cuerpo casto.
¡Oh, cuán bienaventurados y benditos son aquellos que aman al Señor y obedecen a su Evangelio! Está escrito, en efecto: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10, 27). Amemos, pues, a Dios y adoremosle con corazón puro y mente pura, porque él mismo esto busca sobre todas las cosas cuando dice: «Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad» (Jn 4, 23). Así, todos los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad. Dirijamos a él día y noche alabanzas y oraciones, porque debemos orar siempre y no cansarnos jamás (cf. Lc 18, 1), y digámosle: «Padre nuestro, que estás en los cielos» (Mt 6, 9).
Hagamos además «frutos dignos de conversión» (Mt 3, 8) y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Seamos caritativos, seamos humildes, hagamos limosnas porque ellas lavan nuestras almas de las inmundicias del pecado.
Los hombres pierden todo aquello que dejan en este mundo. Llevan consigo solo la merced de la caridad y de las limosnas que han hecho. Es el Señor quien les da el premio y la recompensa.
No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más bien simples, humildes y castos. No debemos desear jamás estar por encima de los otros, sino más bien ser servidores y sometidos a toda criatura humana por amor del Señor. Y sobre todos aquellos que hubieren hecho tales cosas y perseverado hasta el fin, reposará el Espíritu del Señor. Él pondrá en ellos su morada y habitación. Serán hijos del Padre celestial porque cumplen sus obras. Serán considerados como si fueran para el Señor esposa, hermano o madre.

De la «Carta a todos los fieles» de san Francisco de Asís