«Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus fieles» (Sal 115, 15) y ningún género de crueldad puede destruir una religión que se funda en el misterio de la cruz de Cristo. La Iglesia, en efecto, no disminuye con las persecuciones, antes bien se desarrolla, y el campo del Señor se enriquece con una mies cada vez más abundante, cuando los granos de trigo, caídos uno a uno, vuelven a renacer multiplicados.
De la divina semilla han nacido nuestros dos extraordinarios brotes, Pedro y Pablo. De ellos se ha desarrollado una descendencia innumerable, como lo demuestran los miles de santos mártires que, emulando los triunfos de los apóstoles, han suscitado alrededor de nuestra ciudad una multitud de pueblos, revestidos de púrpura y resplandecientes de espléndida luz por todas partes, y han coronado a la Iglesia de Roma con una única corona adornada de muchas y magníficas gemas.
Nosotros celebramos con alegría la fiesta de todos los santos. Son, en efecto, un don de Dios, un auxilio para nuestra debilidad, un ejemplo de virtud y un sostén para nuestra fe. Por eso, si con razón celebramos a todos los santos en la alegría, un gozo especial sentimos al conmemorar a los dos apóstoles Pedro y Pablo, porque, entre todas las miembros privilegiadas del cuerpo místico, ellos han recibido de Dios una función verdaderamente especial. Son casi los dos ojos de aquella cabeza que es Cristo.
En sus méritos y en sus virtudes, que superan toda capacidad de expresión, no debemos ver ninguna diversidad, ninguna distinción, porque la elección los ha hecho iguales, el trabajo apostólico los ha hecho semejantes y la muerte los ha unido en la misma suerte.
De otra parte, es nuestra experiencia, confirmada por el testimonio de nuestros antepasados, la que nos hace creer firmemente que en todos los trabajos de esta vida seremos siempre ayudados por las oraciones de estos dos grandes protectores, para conseguir la misericordia de Dios. Sucede, por tanto, que, como hemos sido precipitados abajo por nuestros pecados, así somos elevados arriba por los méritos de estos apóstoles.

De los «Discursos» de san León Magno, papa