El edificio espiritual del cuerpo de Cristo se construye en el amor, según las palabras de san Pedro. Con las piedras vivas se eleva un edificio espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo (cf. 1 Pt 3, 5). Esta obra de construcción espiritual nunca se convierte en objeto más apropiado de oración que cuando el propio cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, ofrece el cuerpo y la sangre de Cristo en el sacramento del pan y del cáliz.
En efecto, el cáliz que bebemos es comunión de la sangre de Cristo y el pan que partimos es participación del cuerpo del Señor; porque hay un solo pan, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo; pues todos participamos del único pan (cf. 1 Cor 10, 16-17).
La misma gracia que hizo de la Iglesia el cuerpo de Cristo, haga que todas las miembros de la caridad permanezcan unidas y perseveren en la unidad del cuerpo. Sea esta nuestra oración. Sea este el don de aquel Espíritu, que es el único Espíritu del Padre y del Hijo. Porque la Trinidad es por su naturaleza santidad y unidad, igualdad y amor, la Trinidad es un solo y verdadero Dios, y unánime es la acción santificadora operada por las tres Personas en aquellos que han sido adoptados como hijos. Por eso leemos: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).
El Espíritu Santo, que es único del Padre y del Hijo, dando la gracia de la adopción divina, opera los mismos efectos descritos en los Hechos de los Apóstoles para aquellos que recibían el Espíritu Santo: «La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32).
El único corazón y la única alma de la multitud de aquellos que habían llegado a la fe en Dios los había operado el único Espíritu que es del Padre y del Hijo, y con el Padre y el Hijo es un solo Dios.
El Apóstol, escribiendo a los Efesios, dice que esta unidad de espíritu, en el vínculo de la paz, debe ser conservada con cuidado: Yo, prisionero del Señor, os exhorto a comportaros de manera digna de la vocación a la que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos los unos a los otros con amor, procurando conservar la unidad del espíritu por medio del vínculo de la paz. Un solo cuerpo, un solo espíritu (cf. Ef 4, 1-4). Dios, en efecto, mientras custodia por medio del Espíritu Santo su amor difundido en la Iglesia, hace de ella un sacrificio a él agradable.
Pueda ella siempre recibir la misma gracia de la caridad espiritual y, así, presentarse siempre víctima viva, santa, agradable a Dios.
De los «Libros a Monimo» de san Fulgencio de Ruspe, obispo
En efecto, el cáliz que bebemos es comunión de la sangre de Cristo y el pan que partimos es participación del cuerpo del Señor; porque hay un solo pan, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo; pues todos participamos del único pan (cf. 1 Cor 10, 16-17).
La misma gracia que hizo de la Iglesia el cuerpo de Cristo, haga que todas las miembros de la caridad permanezcan unidas y perseveren en la unidad del cuerpo. Sea esta nuestra oración. Sea este el don de aquel Espíritu, que es el único Espíritu del Padre y del Hijo. Porque la Trinidad es por su naturaleza santidad y unidad, igualdad y amor, la Trinidad es un solo y verdadero Dios, y unánime es la acción santificadora operada por las tres Personas en aquellos que han sido adoptados como hijos. Por eso leemos: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).
El Espíritu Santo, que es único del Padre y del Hijo, dando la gracia de la adopción divina, opera los mismos efectos descritos en los Hechos de los Apóstoles para aquellos que recibían el Espíritu Santo: «La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32).
El único corazón y la única alma de la multitud de aquellos que habían llegado a la fe en Dios los había operado el único Espíritu que es del Padre y del Hijo, y con el Padre y el Hijo es un solo Dios.
El Apóstol, escribiendo a los Efesios, dice que esta unidad de espíritu, en el vínculo de la paz, debe ser conservada con cuidado: Yo, prisionero del Señor, os exhorto a comportaros de manera digna de la vocación a la que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos los unos a los otros con amor, procurando conservar la unidad del espíritu por medio del vínculo de la paz. Un solo cuerpo, un solo espíritu (cf. Ef 4, 1-4). Dios, en efecto, mientras custodia por medio del Espíritu Santo su amor difundido en la Iglesia, hace de ella un sacrificio a él agradable.
Pueda ella siempre recibir la misma gracia de la caridad espiritual y, así, presentarse siempre víctima viva, santa, agradable a Dios.
De los «Libros a Monimo» de san Fulgencio de Ruspe, obispo