«El río de Dios está lleno de aguas; tú haces crecer el trigo para los hombres. Así preparas la tierra» (Sal 64, 10).
El simbolismo del río es claro. Dice, en efecto, el profeta: «Un río y sus arroyos alegran la ciudad de Dios» (Sal 45, 5). El mismo Señor dice en el evangelio: «El que beba del agua que yo le daré, en él se convertirá en fuente de agua que salte para vida eterna» (Jn 4, 14). Y también: «El que cree en mí, como dice la Escritura, ríos de agua viva brotarán de su vientre. Esto dijo refiriéndose al Espíritu que recibirían los que creyeran en él» (Jn 7, 38-39). Por tanto, este río de Dios está lleno de agua. Estamos, en efecto, inundados por los dones del Espíritu Santo y de esa fuente de vida se derrama en nosotros el río colmado del agua de Dios. Y también tenemos preparado el alimento. ¿Cuál es este alimento? Ciertamente aquel que nos prepara a compartir la vida eterna de Dios. Es su santo cuerpo que recibimos en la comunión. Esta comunión, a su vez, nos predispone a la del santo cuerpo, que es la Iglesia triunfante. A esto alude el presente salmo, que dice: «Tú haces crecer el trigo para los hombres. Así preparas la tierra», porque con ese alimento no solo somos salvados en el presente, sino que también somos preparados para el futuro.
Recreados, mediante el sacramento del bautismo, experimentamos una inmensa alegría cuando degustamos en nosotros mismos las primicias del Espíritu Santo, con el conocimiento de los misterios, la ciencia de la revelación, la palabra de la sabiduría, la firmeza de la esperanza, los carismas de las curaciones y el poder sobre el demonio.
Todo esto nos penetra como un goteo, y, comenzando primero poco a poco, termina por producir múltiples frutos.
Del «Comentario sobre los salmos» de San Ilario, obispo
El simbolismo del río es claro. Dice, en efecto, el profeta: «Un río y sus arroyos alegran la ciudad de Dios» (Sal 45, 5). El mismo Señor dice en el evangelio: «El que beba del agua que yo le daré, en él se convertirá en fuente de agua que salte para vida eterna» (Jn 4, 14). Y también: «El que cree en mí, como dice la Escritura, ríos de agua viva brotarán de su vientre. Esto dijo refiriéndose al Espíritu que recibirían los que creyeran en él» (Jn 7, 38-39). Por tanto, este río de Dios está lleno de agua. Estamos, en efecto, inundados por los dones del Espíritu Santo y de esa fuente de vida se derrama en nosotros el río colmado del agua de Dios. Y también tenemos preparado el alimento. ¿Cuál es este alimento? Ciertamente aquel que nos prepara a compartir la vida eterna de Dios. Es su santo cuerpo que recibimos en la comunión. Esta comunión, a su vez, nos predispone a la del santo cuerpo, que es la Iglesia triunfante. A esto alude el presente salmo, que dice: «Tú haces crecer el trigo para los hombres. Así preparas la tierra», porque con ese alimento no solo somos salvados en el presente, sino que también somos preparados para el futuro.
Recreados, mediante el sacramento del bautismo, experimentamos una inmensa alegría cuando degustamos en nosotros mismos las primicias del Espíritu Santo, con el conocimiento de los misterios, la ciencia de la revelación, la palabra de la sabiduría, la firmeza de la esperanza, los carismas de las curaciones y el poder sobre el demonio.
Todo esto nos penetra como un goteo, y, comenzando primero poco a poco, termina por producir múltiples frutos.
Del «Comentario sobre los salmos» de San Ilario, obispo