Dios está en todas partes

Dios está en todas partes; él es inmenso y está presente en todo lugar, según lo que él mismo dijo de sí: Yo soy un Dios cercano y no un Dios lejano (cf. Jr 23, 23). No busquemos, pues, a Dios como si estuviera lejos de nosotros, para que podamos tenerlo dentro de nosotros. Él habita en nosotros como el alma en el cuerpo, siempre que seamos sus miembros sanos, estemos muertos al pecado y estemos libres de la corrupción de una voluntad perversa. Entonces habita verdaderamente en nosotros, porque él mismo lo dijo: habitaré en ellos y caminaré entre ellos (cf. Lv 26, 12).

Si nosotros somos dignos de que él habite en nosotros, entonces somos vivificados por él en la verdad, como sus miembros vivos. «En él, como dice el Apóstol, vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28).

¿Quién, digo, podrá investigar la sublime esencia de Dios, inefable e incomprensible? ¿Quién podrá sondear sus altísimos misterios? ¿Quién se atreverá a decir algo de aquel que es el Principio eternamente existente de todas las cosas creadas? ¿Quién podrá presumir de conocer a Dios infinito, que lo llena todo de sí y lo abraza todo, lo penetra todo y lo trasciende todo, lo comprende todo y a todo se escapa? Nadie lo ha visto jamás como es (cf. Jn 1, 18). Nadie, por tanto, presuma de investigar los misterios incomprensibles de Dios: qué es, cómo es, dónde está. Estos son misterios inefables, insondables, impenetrables. Debes creer solo esto, pero con toda la fuerza de tu corazón: que Dios es así, como siempre ha sido y como siempre será, porque es inmutable.

¿Quién, pues, es Dios? El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios. No busques otra cosa de Dios, porque para conocer la misteriosa profundidad de Dios, es necesario ante todo investigar la naturaleza de las cosas. El conocimiento de la Trinidad, en efecto, se compara justamente con la profundidad del mar, según el dicho del Sabio: ¿Y la inmensa profundidad, quién podrá hallarla? (cf. Qo 7, 24). Así como la profundidad del mar es invisible a las miradas humanas, así la divinidad de la Trinidad se muestra incomprensible a los sentidos del hombre. Si, pues, alguien quiere conocer lo que debe creer, debe darse cuenta de que no podrá entender más hablando de ello, que creyendo. El conocimiento de Dios, en efecto, cuanto más se discute, más parece alejarse de nosotros.

Busca, por tanto, el conocimiento de Dios más alto, aquel que no está en las disputas verbosas, sino en la santidad de una buena vida; no en el hablar, sino en la fe que brota de la sencillez del corazón; no aquel conocimiento que se obtiene reuniendo las opiniones de una erudita impiedad.

Si buscarás a aquel que es inefable con las discusiones, él «se alejará de ti más lejos» (Qo 7, 23) de lo que estaba antes. Si en cambio lo buscas con la fe, encontrarás la sabiduría a las puertas de la ciudad, donde está tu morada. Allí al menos en parte podrás verlo; aunque entonces tampoco podrás alcanzarlo más que en parte, precisamente porque es invisible e incomprensible. Dios es invisible y así debemos creerlo, aunque sea posible tener algún conocimiento de él por parte de quien tiene el corazón puro.

San Columbano, abad