La Sabiduría unigénita de Dios es creadora y autora de todas las cosas. Por eso se dice: Has hecho todas las cosas con tu sabiduría, y también: La tierra está llena de tu creación (cf. Sal 103, 24). Ahora, para que las cosas creadas no solo existieran, sino que existieran ordenadamente, agradó a Dios medir a sí mismo con las cosas creadas mediante su Sabiduría, para imprimir en todas y en cada una de ellas una cierta huella y semejanza de su imagen, y así fuera bien manifiesto que las cosas creadas habían sido adornadas por la Sabiduría, y que las obras construidas eran dignas de Dios.
Así como nuestra palabra es imagen del Verbo, que es Hijo de Dios, así en nosotros la sabiduría está hecha a imagen del mismo Verbo, que es la propia Sabiduría. El don de la sabiduría nos da la facultad de aprender y de conocer, nos hace capaces de acoger la Sabiduría creadora, y de poder conocer, por medio de ella, al mismo Padre. En efecto, quien posee al Hijo posee también al Padre (cf. 1 Jn 2, 23) y también: «El que me recibe a mí, recibe a aquel que me ha enviado» (Mt 10, 40). Ya que la imagen de esta misma Sabiduría ha sido creada en nosotros y en todas las cosas, con justicia la verdadera Sabiduría, la creadora, atribuyéndose a sí misma las propiedades que pertenecen a su imagen, afirma: «El Señor me creó en sus obras».
Pero «ya que en el designio sabio de Dios», como hemos explicado, «el mundo, con toda su sabiduría, no conoció a Dios, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación» (1 Cor 1, 21). Dios no quiso ya ser conocido como en los tiempos pasados, a través de la imagen y la sombra de la sabiduría. Quiso que la misma verdadera Sabiduría tomara carne, se hiciera hombre, y soportara la muerte de cruz, para que, a través de la fe, que en ella se funda, todos los creyentes pudieran ser salvos de nuevo.
La Sabiduría de Dios se manifestaba a sí misma y al Padre a través de su propia imagen, impresa en las cosas creadas. Por este hecho se dice que es creada. Después, esa misma Sabiduría, que es el Verbo, se hizo carne, como afirma san Juan. Destruída la muerte y liberado el género humano, se manifestó a sí misma más claramente y, por medio de ella, al Padre; de donde estas palabras suyas: Concédeles «que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado» (Jn 17, 3).
Así, toda la tierra está llena de su conocimiento. Porque una sola es el conocimiento del Padre por medio del Hijo y del Hijo por parte del Padre. De la misma alegría de la que se complació el Padre, se alegra también el Hijo en el Padre, como resulta de esta expresión: Yo era el del cual se complacía. Cada día me alegraba ante él (cf. Pr 8, 30).

De los «Discursos contra los arrianos» de san Atanasio, obispo