Celebramos la fiesta de la santa cruz, por medio de la cual fueron expulsadas las tinieblas y ha vuelto la luz. Celebramos la fiesta de la santa cruz, y así, junto con el Crucificado, también nosotros somos elevados y sublimados. En efecto, nos desprendemos de la tierra del pecado y ascendemos a las alturas. Tal es y tan grande la riqueza de la cruz, que quien la posee tiene un verdadero tesoro. Y la llamo así con justicia, porque de nombre y de hecho es lo más preciado de todos los bienes. En ella reside toda nuestra salvación. Ella es el medio y el camino para el retorno al estado original.
Porque si no hubiera la cruz, tampoco habría Cristo crucificado. Si no hubiera la cruz, la Vida no habría sido fijada en la madera. Y si la Vida no hubiera sido clavada en la madera, de su costado no habrían brotado aquellas fuentes de inmortalidad, sangre y agua, que purifican el mundo. La sentencia de condenación escrita por nuestro pecado no habría sido rasgada, no habríamos tenido la libertad, no podríamos gozar del árbol de la vida, el paraíso no habría sido abierto para nosotros. Si no hubiera la cruz, la muerte no habría sido vencida, el infierno no habría sido despojado.
La cruz es, pues, un recurso verdaderamente estupendo e inigualable, porque, por su medio, hemos conseguido muchos bienes, tanto más numerosos cuanto mayor es su mérito, debido, sin embargo, en gran parte a los milagros y a la pasión del Cristo. La cruz es preciosa también porque es a la vez patíbulo y trofeo de Dios. Patíbulo por su muerte voluntaria en ella. Trofeo porque con ella fue vencido el diablo y con el diablo fue vencida la muerte. Además, la potencia del infierno fue debilitada, y así la cruz se ha convertido en la salvación común de todo el universo.
La cruz es gloria de Cristo, exaltación de Cristo. La cruz es el cáliz precioso e inestimable que recoge todos los sufrimientos de Cristo, es la síntesis completa de su pasión. Para convencerte de que la cruz es la gloria de Cristo, escucha lo que él dice: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado, y Dios ha sido glorificado en él, y lo glorificará pronto» (Jn 13, 31-32).
Y de nuevo: «Glorifícame, Padre, con la gloria que yo tenía junto a ti antes de que el mundo existiera» (Jn 17, 5). Y otra vez: «Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré» (Jn 12, 28), para indicar aquella glorificación que fue conseguida entonces en la cruz. Que la cruz sea también exaltación de Cristo, escucha lo que él mismo dice: Cuando sea levantado, entonces atraeré a todos a mí (cf. Jn 12, 32). Ves, pues, que la cruz es gloria y exaltación de Cristo.
San Andrés de Creta, obispo