La santa Virgen María fue asunta al cielo. Pero su admirable nombre resplandeció sobre toda la tierra incluso independientemente de este singular acontecimiento, y su gloria inmortal se irradió en todo lugar antes aún de que fuera exaltada sobre los cielos. Era conveniente, en efecto, también por honor de su Hijo, que la Virgen Madre reinara primero en la tierra y así al final recibiera la gloria en los cielos. Era justo que su santidad y su grandeza fueran creciendo aquí abajo, pasando de virtud en virtud y de esplendor en esplendor por obra del Espíritu Santo, hasta alcanzar el término máximo en el momento de su entrada en la morada suprema.
Por eso, cuando estaba aquí con el cuerpo, saboreaba las primicias del reino futuro, ora elevándose hasta Dios, ora descendiendo hacia los hermanos mediante el amor. Fue honrada por los ángeles y venerada por los hombres. Estaba junto a ella Gabriel con los ángeles y le servía, con los apóstoles, Juan, muy feliz de que a él, virgen, le hubiera sido confiada junto a la cruz la Virgen Madre. Aquellos estaban alegres de ver en ella a la Reina, estos a la Señora, y tanto unos como otros la rodeaban de piadoso y devoto afecto.
Había en el sublime palacio de la santidad, gozaba de la máxima abundancia de los favores divinos, y sobre el pueblo creyente y sediento hacía descender la lluvia de las gracias, ella que en la riqueza de la gracia había superado a todas las criaturas.
Confería la salud física y la medicina espiritual, tenía el poder de resucitar de la muerte a los cuerpos y a las almas. ¿Quién se partió de ella o enfermo, o triste, o ayuno de los misterios celestiales? ¿Quién no volvió a su casa alegre y contento después de haber obtenido de la Madre del Señor, María, lo que quería?
María era la esposa rica de joyas espirituales, la madre del único Esposo, la fuente de toda dulzura, la delicia de los jardines espirituales y la fuente de las aguas vivas y vivificantes que descienden del Líbano divino, del monte Sión hasta los pueblos extranjeros esparcidos aquí y allá. Ella hacía descender ríos de paz y gracia. Por eso, mientras la Virgen de las vírgenes era asunta al cielo por Dios y por su Hijo, rey de reyes, entre la exultación de los ángeles, el júbilo de los arcángeles y las aclamaciones festivas del cielo, se cumplió la profecía del salmista que dice al Señor: «Está la reina a tu derecha en vestidura bordada de oro, en ropas cosidas y bordadas» (Sal 44, 10 vulg.).
Sant Amedeo de Lausana, obispo