Hermanos carísimos, escuchad atentamente. Lo que os diré es necesario para vuestro bien. Son verdades que saciarán la sed de vuestra alma. Os hablaré, en efecto, de la inagotable fuente divina. Por eso, por paradójico que parezca, os diré: No apagáis nunca vuestra sed. Así podréis seguir bebiendo de la fuente de la vida, sin dejar nunca de desearla. Es la misma fuente, la fuente del agua viva que os llama a sí y os dice: «El que tenga sed, venga a mí y beba» (Jn 7, 37).
Es preciso comprender bien lo que hay que beber. Os lo diga el mismo profeta Jeremías, os lo diga la misma fuente: «Me han abandonado a mí, fuente de agua viva, dice el Señor» (Jer 2, 13). Es, pues, el propio Señor, nuestro Dios Jesucristo, esta fuente de vida que nos invita a sí, para que de él bebamos. Bebe de él quien lo ama. Bebe de él quien se sacia de la palabra de Dios; quien lo ama ardientemente y con vivo deseo. Bebe de él quien arde de amor por la sabiduría.
Observad bien de dónde brota esta fuente; pues aquel mismo que es el Pan es también la Fuente, es decir, el Hijo unigénito, nuestro Dios Cristo Señor, de quien debemos tener siempre hambre. Es cierto que amándolo lo comemos y deseándolo lo introducimos en nosotros; sin embargo, debemos desearlo siempre como los hambrientos. Con toda la fuerza de nuestro amor bebamos de él que es nuestra fuente; saquemos de él con toda la intensidad de nuestro corazón y gustemos la dulzura de su amor.
El Señor, en efecto, es dulce y suave: aunque lo comamos y lo bebamos, debemos, sin embargo, tener siempre de él hambre y sed, porque es nuestro alimento y nuestra bebida. Nadie podrá jamás comerlo y beberlo enteramente, porque comiéndolo y bebiéndolo no se agota, ni se consume. Este nuestro pan es eterno, esta nuestra fuente es perenne, esta nuestra fuente es dulce.
Por esta razón el profeta afirma: «Vosotros todos los sedientos, venid a la fuente» (Is 55, 1). Esta fuente es para quien tiene sed, no para quien está saciado. Justamente, por tanto, llama a sí a los que tienen sed, a los que declaró bienaventurados en el discurso de la montaña. Estos no beben nunca lo suficiente; antes bien, cuanto más beben, más sed tienen.
Es, pues, necesario, hermanos, que nosotros siempre deseemos, busquemos, amemos «la fuente de la sabiduría, la Palabra de Dios altísimo» (Sir 1, 5 vulg.), en el cual, según las palabras del Apóstol: «Están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 3).
Si tienes sed, bebe de la fuente de la vida; si tienes hambre, come de este pan de vida. Bienaventurados los que tienen hambre de este pan y sed de esta agua, porque, aunque siempre coman y beban de ellos, desean comer y beber más. Debe ser, sin duda, inefablemente sabroso el alimento que se come y la bebida que se bebe para no sentirse nunca saciado ni harto, antes bien cada vez más satisfecho y ávido. Por esto el profeta dice: «Probad y ved cuán bueno es el Señor» (Sal 33, 9).
San Columbano, abad