Como dice el Apóstol, el que por medio del Espíritu hace morir las obras de la carne, vivirá. No hay nada de extraño en que viva, porque quien tiene el Espíritu de Dios se hace hijo de Dios. Es hijo de Dios, y en consecuencia no recibe un espíritu de esclavos, sino un espíritu de hijos adoptivos. Por eso el Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y el testimonio del Espíritu Santo consiste en que es él mismo quien clama en nuestros corazones: «Abbá, Padre», como está escrito en la carta a los Gálatas (Gal 4, 6). Aquel testimonio, además, de que somos hijos de Dios es verdaderamente grande: porque somos «herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rm 8, 17). Coheredero de Cristo es quien participa de su gloria; pero solo participa de su gloria quien, sufriendo por él, participa de sus penas.
Para exhortarnos a la sufrimiento, añade que todo lo que sufrimos es inferior e incomparable con la recompensa reservada a quienes soportan tales penas. Grande, en efecto, será la merced de bienes futuros que se revelará en nosotros, cuando, reformados a la imagen de Dios, merezcamos contemplar su gloria cara a cara.
Para exaltar, luego, la grandeza de la revelación futura, afirma que también la creación, ahora sometida a la vanidad no por su voluntad, sino en la esperanza de ser liberada, aguarda con impaciencia la liberación de los hijos de Dios. Ella espera de Cristo la gracia que corresponde a su función. También ella será liberada de la corrupción y admitida a la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Habrá una única libertad, la de la creación y la de los hijos de Dios, cuando sea manifestada su gloria. Entretanto, mientras tal manifestación se difiere, toda la creación gime en la espera de la gloria de nuestra adopción y de nuestra redención. Suspira ya de dar a luz aquel espíritu de salvación y anhela ser liberada de la esclavitud de la vanidad. El concepto es claro. Los fieles, que poseen las primicias del Espíritu, gimen interiormente esperando la adopción de hijos. La adopción de hijos es la redención de todo el cuerpo místico. Se verificará cuando él vea a Dios, sumo y eterno bien, como si fuera todo su hijo adoptivo. La adopción de hijos se tiene, sin embargo, ya ahora en la Iglesia del Señor, porque ya ahora el Espíritu clama: «Abbá, Padre», como se lee en la carta a los Gálatas (Gal 4, 6). Pero ella será perfecta solamente cuando todos aquellos que merezcan ver el rostro de Dios resuciten incorruptibles, espléndidos y gloriosos. Entonces la criatura humana podrá decirse verdaderamente liberada. Por eso el Apóstol se gloría diciendo: «En la esperanza hemos sido salvados» (Rm 8, 24). Nos salva, en efecto, la esperanza, así como nos salva la fe, de la cual está dicho: «Tu fe te ha salvado» (Lc 18, 42).

De las «Cartas» de san Ambrosio, obispo