Ha sabido que vosotros, hermanos carísimos, estáis todos bien, como yo deseaba. En cuanto a mí, me he sentido en medio de vosotros, casi transportado de repente desde una distancia muy lejana, como Habacuc que por el ángel fue llevado a Daniel, al recibir vuestras cartas y al leer en vuestros escritos los buenos sentimientos y el amor que me tenéis.
Las lágrimas se mezclaban con mi alegría; el vivo deseo de leer era impedido por el llanto.
Pasé en este estado de ánimo algunos días en los que me parecía hablar con vosotros y lograba olvidar las fatigas pasadas. Me sentía como invadido por todas partes de recuerdos consoladores que me hacían revivir vuestra fe, vuestro afecto, los frutos de vuestra caridad, y así me parecía no estar ya en el exilio, sino encontrarme, casi de repente, en medio de vosotros.
Me congratulo mucho, oh hermanos, de vuestra fe y me alegro de la salvación que ella ha traído a todos vosotros. Gozo de los frutos que habéis producido, que dispensáis a los cercanos y a los lejanos. Sois verdaderamente como un árbol sabiamente injertado que, precisamente a causa de su productividad, escapa a la hacha y al fuego. También nosotros queremos unirnos, de cierto modo, a vosotros, no solo con una simple solidaridad humana, sino con ofrecer nuestra propia vida por vuestra salvación.
Sabed que apenas hemos logrado escribir esta carta, orando continuamente a Dios para que contuviera, al menos por algún tiempo, a los vigilantes. Queríamos que, en cuanto a nuestra persona, el diácono os llevara este billete de saludos, modesto cuanto se quiera, pero siempre preferible a noticias desagradables. Aprovecho para recomendaros encarecidamente que guardéis con todo cuidado vuestra fe, que os mantengáis concordes, que seáis asiduos a la oración, que os acordéis siempre de nosotros, para que el Señor se digne dar libertad a su Iglesia, ahora oprimida en toda la tierra, y para que nosotros, que somos perseguidos, podamos recuperar la libertad y alegrarnos con vosotros.
Suplico aún a cada uno de vosotros, por la misericordia de Dios, que aceptéis el saludo que os dirijo con la presente, porque esta vez, por necesidad, no me es permitido escribir a cada uno según mi costumbre. Con esta mía me dirijo a todos vosotros, mis hermanos, y santas hermanas, hijos e hijas, fieles de ambos sexos y de toda edad, para que queráis contentaros con este simple saludo y dirigir nuestros respetos también a aquellos que están fuera de la Iglesia, pero que se dignan tener por nosotros sentimientos de amor.

De las «Cartas» de San Eusebio de Vercelli, obispo