Carissimi, el Hijo de Dios asumió la naturaleza humana con una unión tan íntima que es el único e idéntico Cristo, no solo en aquel que es el primogénito de toda criatura, sino también en todos sus santos. Y así como no se puede separar la Cabeza de los miembros, tampoco los miembros pueden separarse de la Cabeza.
Y si es cierto que no es propio de esta vida, sino de la eterna, que Dios sea todo en todos, también es cierto que desde ahora habita inseparablemente su templo, que es la Iglesia. Lo prometió con estas palabras: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).
Por tanto, todo lo que el Hijo de Dios hizo y enseñó para la reconciliación del mundo, no lo conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas, sino que también lo sentimos en la eficacia de lo que él obra en el presente.
Él es quien, así como nació por obra del Espíritu Santo de una madre virgen, fecunda a la Iglesia, su Esposa inmaculada, con el soplo vital del mismo Espíritu, para que mediante el renacimiento del bautismo, sea engendrada una multitud innumerable de hijos de Dios. De ellos está escrito: «No de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios fueron engendrados» (Jn 1, 13).
En él es bendecida la descendencia de Abraham y todo el mundo recibe la adopción divina. El Patriarca se convierte en padre de las gentes, pero los hijos de la promesa nacen de la fe, no de la carne.
Él es quien, eliminando toda discriminación de pueblos, y reuniendo a todos de cada nación, forma de tantas ovejas un solo rebaño santo. Así, cada día cumple lo que ya había prometido, diciendo: «Y tengo otras ovejas que no son de este redil; también a esas debo traerlas; y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10, 16).
Pues aunque él dice particularmente a Pedro: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 17), no obstante toda la actividad de los pastores es guiada y sostenida por él solo, el Señor. Es él quien, con pastos fértiles y alegres, alimenta a todos los que vienen a esta Piedra. De modo que innumerables ovejas, fortalecidas por la abundancia del amor, no dudan en enfrentar la muerte por la causa de su Pastor, como él, el buen Pastor, se dignó dar su vida por las mismas ovejas.
Partícipes de su pasión son no solo los mártires fuertes y gloriosos, sino también los fieles que renacen, y ya en el mismo acto de su regeneración.
Esta es la razón por la cual la Pascua se celebra, según la Ley, en los ázimos de la pureza y de la verdad: la nueva criatura se deshace del fermento de su maldad y se embriaga y se nutre del mismo Señor.
Nuestra participación en el cuerpo y en la sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a transformarnos en aquello que recibimos, a hacernos revestir en todo, en el cuerpo y en el espíritu, de aquel en el que morimos, fuimos sepultados y resucitamos.
De los «Discursos» de san León Magno, papa
Y si es cierto que no es propio de esta vida, sino de la eterna, que Dios sea todo en todos, también es cierto que desde ahora habita inseparablemente su templo, que es la Iglesia. Lo prometió con estas palabras: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).
Por tanto, todo lo que el Hijo de Dios hizo y enseñó para la reconciliación del mundo, no lo conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas, sino que también lo sentimos en la eficacia de lo que él obra en el presente.
Él es quien, así como nació por obra del Espíritu Santo de una madre virgen, fecunda a la Iglesia, su Esposa inmaculada, con el soplo vital del mismo Espíritu, para que mediante el renacimiento del bautismo, sea engendrada una multitud innumerable de hijos de Dios. De ellos está escrito: «No de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios fueron engendrados» (Jn 1, 13).
En él es bendecida la descendencia de Abraham y todo el mundo recibe la adopción divina. El Patriarca se convierte en padre de las gentes, pero los hijos de la promesa nacen de la fe, no de la carne.
Él es quien, eliminando toda discriminación de pueblos, y reuniendo a todos de cada nación, forma de tantas ovejas un solo rebaño santo. Así, cada día cumple lo que ya había prometido, diciendo: «Y tengo otras ovejas que no son de este redil; también a esas debo traerlas; y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10, 16).
Pues aunque él dice particularmente a Pedro: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 17), no obstante toda la actividad de los pastores es guiada y sostenida por él solo, el Señor. Es él quien, con pastos fértiles y alegres, alimenta a todos los que vienen a esta Piedra. De modo que innumerables ovejas, fortalecidas por la abundancia del amor, no dudan en enfrentar la muerte por la causa de su Pastor, como él, el buen Pastor, se dignó dar su vida por las mismas ovejas.
Partícipes de su pasión son no solo los mártires fuertes y gloriosos, sino también los fieles que renacen, y ya en el mismo acto de su regeneración.
Esta es la razón por la cual la Pascua se celebra, según la Ley, en los ázimos de la pureza y de la verdad: la nueva criatura se deshace del fermento de su maldad y se embriaga y se nutre del mismo Señor.
Nuestra participación en el cuerpo y en la sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a transformarnos en aquello que recibimos, a hacernos revestir en todo, en el cuerpo y en el espíritu, de aquel en el que morimos, fuimos sepultados y resucitamos.
De los «Discursos» de san León Magno, papa