La infancia, que el Hijo de Dios no consideró indigna de su majestad, se desarrolló con el crecimiento de la edad en la plena madurez del hombre. Ciertamente, consumado el triunfo de la pasión y de la resurrección, pertenece al pasado todo el abajamiento que él aceptó por nosotros; sin embargo, la fiesta de hoy renueva para nosotros los sagrados inicios de Jesús, nacido de la Virgen María. Y mientras celebramos en adoración el nacimiento de nuestro Salvador, nos encontramos celebrando nuestro inicio: el nacimiento de Cristo marca el inicio del pueblo cristiano; el nacimiento del Cabeza es el nacimiento del Cuerpo.
Aunque todos los hijos de la Iglesia reciban la llamada cada uno en su momento y sean distribuidos a lo largo del tiempo, sin embargo todos juntos, nacidos del fuente bautismal, son engendrados con Cristo en este nacimiento, así como con Cristo fueron crucificados en la pasión, resucitados en la resurrección, colocados a la derecha del Padre en la ascensión.
Todo creyente, que en cualquier parte del mundo viene regenerado en Cristo, rompe los vínculos con la culpa original y se convierte en hombre nuevo con un segundo nacimiento. Ya no pertenece a la descendencia del padre según la carne, sino a la generación del Salvador, que se hizo hijo del hombre para que nosotros pudiéramos llegar a ser hijos de Dios. Si él no descendiera a nosotros en este abajamiento del nacimiento, nadie con sus propios méritos podría ascender a él.
La grandeza misma del don recibido exige de nosotros una estima digna de su esplendor. El bienaventurado Apóstol nos lo enseña: No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios para conocer todo lo que Dios nos ha donado (cf. 1 Cor 2, 12). La única manera de honrarlo dignamente es ofrecerle el mismo don recibido de él.
Ahora, para honrar la presente fiesta, ¿qué podemos encontrar más adecuado, entre todos los dones de Dios, si no la paz, esa paz que fue anunciada por primera vez por el canto de los ángeles al nacimiento del Señor? La paz engendra a los hijos de Dios, nutre el amor, crea la unión; ella es el reposo de los bienaventurados, la morada de la eternidad. Su propio cometido y su beneficio particular es unir a Dios a aquellos a quienes separa del mundo del mal.
Por tanto, aquellos que no de sangre ni de voluntad de carne ni de voluntad de hombre, sino de Dios son nacidos (cf. Jn 1, 13), ofrezcan al Padre sus corazones de hijos unidos en la paz. Todos los miembros de la familia adoptiva de Dios se encuentren en Cristo, primogénito de la nueva creación, el cual vino a cumplir no su voluntad, sino la de quien lo había enviado. El Padre, en efecto, en su bondad gratuita adoptó como sus herederos no a aquellos que se sentían divididos por discordias e incompatibilidades recíprocas, sino a aquellos que sinceramente vivían y amaban su mutua unión fraterna. En efecto, cuantos han sido moldeados según un único modelo, deben poseer una común homogeneidad de espíritu. El nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz. Lo dice el Apóstol: Él es nuestra paz, él que de dos pueblos ha hecho uno solo (cf. Ef 2, 14), porque, sean judíos o paganos, «por medio de él podemos presentarnos al Padre en un solo Espíritu» (Ef 2, 18).

De los «Discursos» de San León Magno, papa