Dios no exigía sacrificios ni holocaustos a los hebreos, sino fe, obediencia y justicia para su salvación. A través del profeta Oseas les exponía su voluntad con estas palabras: «Voy a pedir amor y no sacrificio, conocimiento de Dios más que holocaustos» (Os 6, 6). Pero también nuestro Señor les dio la misma enseñanza diciendo: «Si hubierais comprendido lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a personas sin culpa» (Mt 12, 7). Así dio testimonio de la verdad de los profetas, mientras acusaba a sus interlocutores, necios y culpables.
De igual modo, Cristo recomendó a sus discípulos ofrecer a Dios las primicias de sus criaturas, no porque de ellas necesitara, sino para que ellos mismos no fueran estériles e ingratos. Por esto tomó el pan, que proviene del mundo creado, y dio gracias diciendo: «Esto es mi cuerpo». De la misma manera tomó la copa del vino, proveniente también de las realidades cósmicas a las que nosotros mismos pertenecemos, la llamó su sangre y dijo que era oblación nueva de la Nueva Alianza (cf. Mt 26, 28).
La Iglesia ha recibido esta ofrenda de las manos de los apóstoles y la ofrece a ese Dios que nos da los alimentos, como primicia de los dones de la Nueva Alianza. Esta oblación fue anunciada por Malaquías, uno de los doce profetas, cuando dijo: «No me complazco en vosotros, dice el Señor de los ejércitos, no acepto la ofrenda de vuestras manos! Porque desde el oriente al occidente grande es mi nombre entre las gentes y en todo lugar se ofrece incenso a mi nombre y una oblación pura, porque grande es mi nombre entre las gentes, dice el Señor de los ejércitos» (Ml 1, 10-11). Con estas palabras indicaba claramente que el primer pueblo dejaría de hacer ofrendas a Dios, mientras que en todo lugar un nuevo sacrificio sería inmolado a Dios, pero este verdaderamente puro, y así su nombre sería glorificado entre las naciones.
¿Y qué otro nombre hay que sea glorificado entre las gentes si no el de nuestro Señor, por medio del cual es glorificado el Padre y recibe la gloria el hombre? Pero precisamente porque este es el nombre de su propio Hijo y viene de él (cf. Mt 1, 21; Lc 1, 31), lo llama suyo.
Si un rey pintara él mismo la imagen de su hijo, diría con razón suyo ese retrato, por la doble razón de que es de su hijo y de que lo hizo él mismo. Así ocurre con el nombre de Jesucristo, que recibe gloria en todo el mundo en la Iglesia. El Padre ha declarado suyo este nombre, tanto porque es su Hijo, como porque lo ha grabado él mismo, dándolo para salvación de los hombres (cf. Hch 4, 12).
Por tanto, el nombre del Hijo pertenece como propio al Padre y la Iglesia hace en todo lugar su ofrenda a Dios omnipotente por medio de Jesucristo. Teniendo presente este doble hecho, el profeta pudo decir con razón: «Y en todo lugar se ofrece incenso a mi nombre y una oblación pura» (Ml 1, 11). Este incienso, según san Juan, es figura de las «oraciones de los santos» (Ap 5, 8).
San Ireneo, obispo
Del tratado «Contra las herejías»