Todos los predicadores de la verdad, todos los ministros de la gracia divina y cuantos desde el principio hasta nuestros días nos han hablado de la voluntad salvífica de Dios, dicen que nada es tan caro a Dios y tan conforme a su amor como la conversión de los hombres mediante un sincero arrepentimiento de los pecados. Y precisamente para reconducir a sí a los hombres, Dios hizo cosas extraordinarias, sino que dio la máxima prueba de su infinita bondad. Por esto, el Verbo del Padre, con un acto de inefable humillación y con un acto de increíble condescendencia, se hizo carne y se dignó de habitar entre nosotros. Hizo, padeció y dijo todo lo que era necesario para reconciliar a nosotros, enemigos y adversarios de Dios Padre. Nos llamó de nuevo a la vida, de la que habíamos sido excluidos.
 El Verbo divino no solo sanó nuestras enfermedades con el poder de los milagros, sino que también tomó sobre sí la enfermedad de nuestras pasiones, pagó nuestra deuda mediante el suplicio de la cruz, como si fuera culpable, él inocente.
Nos liberó de muchos y terribles pecados. Además, con muchos ejemplos nos estimuló a serle semejantes en la comprensión, en la cortesía y en el amor perfecto hacia los hermanos. Por esto dijo: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la conversión» (Lc 5, 32). Y también: «No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos» (Mt 9, 12). Dijo además haber venido a buscar a la oveja perdida y haber sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Igualmente, con la parábola de la dracma perdida, aludió, aunque veladamente, a un aspecto particular de su misión: él vino para recuperar la imagen divina desfigurada por el pecado. Recordemos luego lo que dice en otra de sus parábolas: «Os digo que habrá más alegría en el cielo por un pecador convertido...» (Lc 15, 7). El buen samaritano del evangelio curó con aceite y vino y vendió las heridas de aquel que había caído en manos de los ladrones y había sido despojado de todo y abandonado sangrante y medio muerto en el camino. Lo puso sobre su montura, lo llevó a la posada, pagó lo que era necesario y prometió proveer al resto. Cristo es el buen samaritano de la humanidad.
Dios es aquel padre afectuoso, que acoge al hijo pródigo, se inclina sobre él, es sensible a su arrepentimiento, lo abraza, lo reviste de nuevo con los ornamentos de su gloria paterna y no le reprocha nada de lo que ha cometido. Llama al redil a la oveja que se había alejado de las cien ovejas de Dios. Después de haberla encontrado que vagaba por los collados y por los montes, no la reconduce al redil a fuerza de empujones y gritos amenazadores, sino que se la pone sobre los hombros y la restituye incólume al resto del rebaño con ternura y amor. Dice: Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os daré descanso (cf. Mt 11, 28). Y también: «Tomad mi yugo sobre vosotros» (Mt 11, 29). El yugo son los mandamientos o la vida vivida según los preceptos evangélicos. Respecto al peso, luego, quizá pesado y molesto para el penitente, añade: «Mi yugo es dulce y mi carga ligera» (Mt 11, 30). Enseñándonos la justicia y la bondad de Dios, nos manda: Sed santos, sed perfectos, sed misericordiosos como vuestro Padre celestial (cf. Lc 6, 36); «Perdonad y os será perdonado» (Lc 6, 37) y también: «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros a ellos» (Mt 7, 12).

De las «Cartas» de san Máximo el Confesor, abad