¡Cuánto es preciosa la gracia del Señor, cuán alta su condescendencia y magnífica su bondad hacia nosotros! Él quiso que celebráramos nuestra oración delante de él y lo invocáramos con el nombre de Padre, y como Cristo es Hijo de Dios, así también nosotros fuéramos llamados hijos de Dios. Ninguno de nosotros se atrevería a pronunciar este nombre en la oración, si él mismo no nos hubiera permitido orar así. Debemos, pues, recordar y saber, hermanos carísimos, que, si decimos Dios nuestro Padre, debemos comportarnos como hijos de Dios, porque de la misma manera en que nos complacemos en Dios Padre, así también él se complazca en nosotros.

Comportémonos como templo de Dios, para que se vea que Dios habita en nosotros. Y nuestra conducta no sea contraria al espíritu, porque, dado que hemos comenzado a ser criaturas espirituales y celestiales, no hemos de pensar ni hacer sino cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor dice: «El que me honrará, yo lo honraré; el que me despreciará, será despreciado» (1 Sam 2, 30).

También el bienaventurado Apóstol escribió en una de sus cartas: «No os pertenecéis a vosotros mismos; pues habéis sido comprados por un precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo» (1 Cor 6, 20).

Después de esto decimos: «Santificado sea tu nombre», no porque deseemos a Dios que sea santificado por nuestras oraciones, sino porque pedimos al Señor que en nosotros sea santificado su nombre. De otro lado, ¿quién puede santificar a Dios, cuando es él mismo quien santifica? Él dijo: «Sed santos, porque yo soy santo» (Lv 11, 45). Por eso pedimos e imploramos que, santificados por el bautismo, perseveremos en lo que hemos comenzado a ser. Y esto lo pedimos cada día. En efecto, necesitamos una santificación diaria. Ya que pecamos cada día, debemos purificarnos de nuestros delitos con una santificación ininterrumpida.

Lo que es la santificación que se opera en nosotros por la misericordia de Dios lo anuncia el Apóstol diciendo: «Ni los impíos, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los rapaces heredarán el reino de Dios. Y tales erais algunos de vosotros; pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor 6, 9-11). Nos dice santificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios. Oramos para que permanezca en nosotros esta santificación. Y puesto que el Señor y nuestro juez impone a quien ha sido por él sanado o resucitado que no peca más, para que no le suceda algo peor, pidámosle día y noche que custodie en nosotros aquella santidad y aquella vida, que viene de su gracia.

San Cipriano, obispo mártir