El don del Espíritu Santo llega cuando Jesús asciende al cielo

Cristo había cumplido su misión en la tierra, y para nosotros había llegado ya el momento de entrar en comunión con la naturaleza del Verbo, es decir, de pasar de la vida natural de antes a aquella que trasciende la existencia humana. Pero a ello no podíamos llegar si no llegábamos a ser partícipes del Espíritu Santo.

El tiempo más adecuado para la misión del Espíritu y para su venida sobre nosotros era aquel que siguió a la ascensión de Cristo al cielo.

Mientras Cristo vivía aún con su cuerpo junto a los fieles, él mismo, a mi parecer, les dispensaba todo bien. Cuando, en cambio, llegó el momento fijado de subir al Padre celestial, era necesario que él estuviera presente a sus seguidores por medio del Espíritu y habitara por medio de la fe en nuestros corazones, para que, teniéndolo en nosotros, pudiéramos decir con confianza «Abbá, Padre» y practicáramos con facilidad toda virtud y, además, fuéramos hallados fuertes e invencibles contra las insidias del diablo y los ataques de los hombres, dado que poseíamos al omnipotente Espíritu Santo.

Es fácil demostrar con testimonios tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento que el Espíritu, en efecto, transforma en otra naturaleza a aquellos en los que habita y los renueva en su vida.

Samuel, en efecto, inspirado, dirigiéndose a Saúl, dice: El Espíritu del Señor te investirá y serás transformado en otro hombre (cf. 1 Sam 10, 6). San Pablo, por su parte, dice: Y todos nosotros, a rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, nos transformamos en la misma imagen, de gloria en gloria, según la acción del Espíritu del Señor. El Señor, en efecto, es Espíritu (cf. 2 Cor 3, 17-18).

¿Ves cómo el Espíritu transforma, por así decirlo, en otra imagen a aquellos en los que habita? En efecto, lleva con facilidad del gusto por las cosas terrenas al de las cosas puramente celestiales y de una timidez débil a una fortaleza de ánimo llena de valor y de gran generosidad.

Los discípulos estaban así dispuestos y así fortalecidos en el ánimo por el Espíritu Santo, que no eran en nada vencidos por los asaltos de los perseguidores, sino que estaban fuertemente unidos al amor de Cristo.

Es verdad, pues, aquello que dice el Salvador: Es mejor para vosotros que yo me vaya (cf. Jn 16, 7). Aquel, en efecto, era el tiempo en el que descendería el Espíritu Santo.

San Cirilo de Alejandría, obispo