Tenemos un solo Dios, uno y trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo
Nadie puede conocer al Padre sin el Verbo de Dios, es decir, sin la revelación del Hijo, ni nadie puede conocer al Hijo sin la bondad del Padre. El Hijo, por su parte, lleva a plenitud la bondad del Padre; en efecto, el Padre envía, mientras que el Hijo es enviado y viene. El Verbo conoce al Padre, aunque para nosotros sea invisible e inefable, y aun siendo inefable, es expresado por él. A su vez, luego, solo el Padre conoce a su Verbo.
Esta mutua relación entre las Personas divinas nos ha sido revelada por el Señor.
El Hijo, con su manifestación, nos da el conocimiento del Padre. En efecto, el conocimiento del Padre proviene de la manifestación del Hijo: todo es manifestado por medio del Verbo.
Ahora bien, el Padre ha revelado al Hijo con el fin de manifestarse a todos por medio de él, y de acoger en la santidad, en la incorruptibilidad y en el refrigerio eterno a los que creen en él. Creer en él, luego, es hacer su voluntad.
El Verbo, por su misma naturaleza, revela a Dios creador, por medio del mundo al Señor creador del mundo, por medio de la criatura al artífice que la ha plasmado, y por medio de su condición de Hijo revela a ese Padre que ha engendrado al Hijo. Ciertamente todos discuten de la misma manera estas verdades, pero no todos creen de la misma manera. Así, el Verbo predicaba a sí mismo y al Padre, por medio de la Ley y de los Profetas, y todo el pueblo oyó de la misma manera, pero no todos creyeron de la misma manera.
El Padre era manifestado por medio del mismo Verbo hecho visible y palpable, aunque no todos creyeran de la misma manera; pero todos vieron al Padre en el Hijo: en efecto, el Padre es la realidad invisible del Hijo, como el Hijo es la realidad visible del Padre.
El Hijo, luego, poniéndose al servicio del Padre, lleva a plenitud todas las cosas desde el principio hasta el fin, y sin él nadie puede conocer a Dios. Conocer al Hijo es conocer al Padre. El conocimiento del Hijo nos viene del revelarse del Padre a través del Hijo. Por esto el Señor decía: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo» (Mt 11, 27). «Aquel a quien el Hijo quiera revelarlo»: en efecto, no fue dicho solo para el futuro, como si el Verbo hubiera comenzado a revelar al Padre cuando nació de María, sino que vale en general para todos los tiempos. En efecto, desde el principio el Hijo, cercano a la criatura por él plasmada, revela a todos el Padre, a quien quiere, cuando quiere y como quiere el Padre.
Nuestra fe es esta: En todo y por todo no hay sino un solo Dios Padre, un solo Verbo, un solo Espíritu y una sola salvación para todos aquellos que creen en el Dios uno y trino.
San Ireneo