¡No tengáis miedo! Abrid las puertas a Cristo! Pedro ha venido a Roma. ¿Qué lo guió y condujo a esta Urbe, corazón del Imperio Romano, si no la obediencia a la inspiración recibida del Señor? Quizá este pescador de Galilea no habría querido venir hasta aquí. Quizá habría preferido quedarse allí, en las orillas del lago de Genesaret, con su barca, con sus redes. Pero, guiado por el Señor, obediente a su inspiración, ¡ha llegado aquí!
Según una antigua tradición, durante la persecución de Nerón, Pedro quería abandonar Roma. Pero el Señor intervino: le salió al encuentro. Pedro se dirigió a él preguntando: «¿Adónde vas, Señor?» (Quo vadis, Domine?). Y el Señor le respondió de inmediato: «Voy a Roma a ser crucificado por segunda vez». Pedro volvió a Roma y se quedó aquí hasta su crucifixión.
Nuestro tiempo nos invita, nos empuja, nos obliga a mirar al Señor y a sumergirnos en una humilde y devota meditación del misterio de la suprema potestad del mismo Cristo.
Aquel que nació de la Virgen María, el Hijo del carpintero —como se creía—, el Hijo del Dios viviente, como confesó Pedro, ha venido para hacer de todos nosotros «un reino de sacerdotes».
El Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y el hecho de que la misión de Cristo —Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey— continúa en la Iglesia. Todos, todo el Pueblo de Dios es partícipe de esta triple misión. Y quizá en el pasado se depositaba sobre la cabeza del Papa el trirregno, esa triple corona, para expresar, a través de tal símbolo, que todo el orden jerárquico de la Iglesia de Cristo, toda su «sacra potestad» en ella ejercida no es otra cosa que el servicio, servicio que tiene por objetivo una sola cosa: que todo el Pueblo de Dios sea partícipe de esta triple misión de Cristo y permanezca siempre bajo la potestad del Señor, la cual no toma su origen de las potencias de este mundo, sino del Padre celestial y del misterio de la Cruz y de la Resurrección.
La potestad absoluta y a la vez dulce y suave del Señor responde a toda la profundidad del hombre, a sus más elevadas aspiraciones de intelecto, de voluntad, de corazón. No habla con un lenguaje de fuerza, sino que se expresa en la caridad y en la verdad.
El nuevo Sucesor de Pedro en la Sede de Roma eleva hoy una ferviente, humilde y confiada oración: «¡Oh Cristo! Haz que yo pueda llegar a ser y ser servidor de tu única potestad! ¡Servidor de tu dulce potestad! ¡Servidor de tu potestad que no conoce ocaso! Haz que yo pueda ser un siervo! Antes bien, siervo de tus siervos».
Hermanos y hermanas: ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!
Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera!
¡No tengáis miedo! Abrid, antes bien, abrid de par en par las puertas a Cristo. A su potestad salvadora abrid las fronteras de los Estados, los sistemas económicos como los políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo sabe «lo que hay dentro del hombre». ¡Solo él lo sabe!
Hoy tan a menudo el hombre no sabe qué se lleva dentro, en lo profundo de su alma, de su corazón. Tan a menudo es incierto del sentido de su vida en esta tierra. Está invadido por la duda que se convierte en desesperación. Permitid, pues —os ruego, os imploro con humildad y con confianza—, permitid a Cristo que hable al hombre. Solo él tiene palabras de vida, ¡sí! de vida eterna.
Santo Juan Pablo II, papa