Por el Bautismo nos convertimos en hijos
El Señor, que gobierna nuestra vida, ha instituido para nosotros el pacto del bautismo, expresión tanto de la muerte como de la vida. El agua da la imagen de la muerte, el Espíritu, en cambio, nos da la garantía de la vida. De ello resulta evidente lo que buscábamos, es decir, por qué motivo el agua esté unida al Espíritu. En efecto, en el bautismo son dos los fines que se pretenden alcanzar: el uno, que sea eliminado el cuerpo del pecado, para que no produzca más frutos de muerte; el otro, que se viva del Espíritu y se obtenga así el fruto en la santificación.
El agua nos ofrece la imagen de la muerte acogiendo el cuerpo como en un sepulcro. El Espíritu, en cambio, infunde una fuerza que vivifica, haciendo pasar nuestras almas de la muerte a la vida plena. Esto es renacer del agua y del Espíritu.
Mediante las tres inmersiones y las correspondientes invocaciones se cumple el gran misterio del bautismo: por una parte, se expresa la imagen de la muerte y, por la otra, el alma de los que son bautizados permanece iluminada por medio de la enseñanza de la ciencia divina. Pero si en el agua hay una gracia, esta no deriva ciertamente de la naturaleza del agua en cuanto tal, sino de la presencia y de la acción del Espíritu. En efecto, el bautismo no es una ablución material, sino un título de salvación presentado a Dios por una buena conciencia.
Por eso el Señor, al prepararnos para esa vida que viene de la resurrección, nos propone todo un modo de vivir según el Evangelio. Quiere que no nos enojemos, que seamos pacientes en las adversidades y puros del apego a los placeres, que nuestras costumbres estén libres del amor al dinero. De este modo, lo que en la vida futura se posee por condición connatural a la nueva existencia, lo anticipamos ya aquí con las disposiciones de nuestro alma.
Ya aquí, por medio del Espíritu Santo, somos readmitidos en el paraíso, podemos subir al reino de los cielos, retornamos al estado de adopción de hijos, se nos da el valor de llamar a Dios nuestro Padre, de participar en las gracias de Cristo, de ser llamados hijos de la luz, de ser partícipes de la gloria eterna y, en breve, de vivir en la plenitud de la bendición. Todo esto ya ahora como luego en el tiempo futuro. Contemplando como en un espejo la gracia de esas riquezas reservadas para nosotros en las promesas de la fe, vivimos en la espera de poder gozarlas.
En efecto, si tal es la prenda, ¿cuál será el tesoro a poseer? Y si las primicias son ya tan abundantes, ¿cuál será la medida completa cuando todo haya alcanzado la meta final?
San Basilio Magno, obispo