Los grandes no pueden estar sin los pequeños
Queridos hermanos, el camino en el que encontrar la salvación es Jesucristo, sacerdote de nuestro sacrificio, defensor y sostén de nuestra debilidad.
Por medio de él podemos contemplar la altura de los cielos, por él contemplamos el rostro purísimo y sublime de Dios, por él han sido abiertos los ojos de nuestro corazón, por él nuestra mente insensata y oscurecida florece en la luz, por él el Señor ha querido que gustáramos la ciencia inmortal. Él, que es la irradiación de la gloria de Dios, es tanto superior a los ángeles, cuanto más excelente es el nombre que ha heredado (cf. Hb 1, 3-4).
Prestando servicio, pues, hermanos, con toda diligencia bajo sus mandatos, santos y perfectos.
Miremos a los soldados que militan bajo nuestros jefes, con qué disciplina, docilidad y sumisión ejecutan las órdenes recibidas. No todos son jefes supremos, o comandantes de mil, de cien, o de cincuenta soldados y así sucesivamente. Cada uno, sin embargo, en su rango cumple lo que es ordenado por el rey y por los jefes superiores. Los grandes no pueden estar sin los pequeños, ni los pequeños sin los grandes. Los unos se encuentran mezclados con los otros, de aquí la utilidad mutua.
Sirva de ejemplo nuestro cuerpo. La cabeza sin los pies no es nada, como tampoco los pies sin la cabeza. Incluso los miembros más pequeños de nuestro cuerpo son necesarios y útiles a todo el organismo. Antes bien, todos se armonizan y se someten al mismo fin que es la salvación de todo el cuerpo.
Todo lo que somos en la totalidad de nuestro cuerpo, permanecemos en Jesucristo. Cada uno sea sometido a su prójimo, según el don de gracia a él concedido.
El fuerte se ocupe del débil, el débil respete al fuerte. El rico socorra al pobre, el pobre alabe a Dios porque le ha concedido que haya quien venga en ayuda de su indigencia. El sabio muestre su sabiduría no con las palabras, sino con las buenas obras. El humilde no dé testimonio de sí mismo, sino que deje que otros den testimonio por él. Quien es casto de cuerpo no se jacte, sino que reconozca el mérito a quien le concede el don de la continencia.
Consideremos, pues, hermanos, de qué materia estamos hechos, quiénes somos y con qué naturaleza entramos en el mundo. Aquel que nos creó y nos formó fue él quien nos introdujo en su mundo, haciéndonos salir de una noche fúnebre. Fue él quien nos dotó de grandes bienes aún antes de que naciéramos.
Por tanto, habiendo recibido todo de él, debemos darle gracias por todo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
San Clemente I, papa